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EL LIDERAZGO MORAL: EL RETO DE ESTE SIGLO
Julio Sergio Ramírez, Ph.D. (*)

Palabras del Dr. Julio Sergio Ramirez, en el acto de recepción a los participantes de la VIII Promoción del Programa de Master en Administración de la Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción. (MAE/UC).

Hace más de cien años, a finales del siglo XIX, se especulaba acerca de qué podría lograrse en el siglo XX.

Uno de los temas de mayor interés era hasta qué punto los avances de la ciencia y la tecnología, que eran impresionantes en ese entonces, permitirían sacar a la humanidad de la pobreza, que la había acompañado por milenios.

Al examinar el posible impacto de los numerosos inventos, tales como la electricidad y el desarrollo de la energía eléctrica, el motor de combustión interna, la refrigeración, los avances en la metalurgia, el desarrollo acelerado del transporte, el desarrollo acelerado de la medicina, la exploración total de la superficie del globo y el descubrimiento de vastos recursos naturales, muchos llegaron a la conclusión de que en el siglo XX se acabaría la pobreza por el efecto de la gran expansión en la producción de bienes y servicios. Sería el siglo de la abundancia para todos.

Y pudo haberlo sido. Claramente no lo fue, pero no por falta de desarrollo científico, tecnológico o productivo, sino por falta de desarrollo moral. El problema de la pobreza en las últimas décadas del siglo XX no fue de producción, sino de distribución. Se calcula que el producto mundial bruto per cápita es del orden de $6.000 por año y el límite de la pobreza podría fijarse alrededor de $1.500 por año, suficientes para atender las necesidades básicas de alimentación, vivienda y vestuario.

Esto quiere decir que con una cuarta parte de lo que actualmente se produce en el mundo se podría eliminar totalmente la pobreza y dejar las restantes tres cuartas partes para que fuesen distribuídas desigualmente, según destrezas personales, esfuerzo, lugar de nacimiento, herencia, poder, etc.

¿Por qué no se eliminó la pobreza en el siglo XX? No por falta de capacidad productiva, ni de ciencia y tecnología, ni de recursos naturales. El problema de la pobreza en el mundo no es un problema de producción, pues hay suficiente capacidad para sacar a todos de la pobreza. El problema de la pobreza en el mundo de hoy es un problema de distribución, de desigualdades extremas, de nacionalismo salvaje: es un problema moral, no técnico.

Hace unos diez años, América Latina celebraba el inicio de la primera era democrática de su historia: después de la caída del régimen de 35 años del General Alfredo Stroessner en Paraguay en 1989 y las elecciones posteriores que legitimaron al General Andrés Rodríguez en la presidencia de este país, y después de la derrota electoral de los sandinistas en Nicaragua en Febrero de 1990, todos los países de la región, con la infaltable excepción de Cuba (y la arbitraria aceptación del régimen del PRI en México dentro de la familia democrática), contaban con gobiernos que habían sido seleccionados democráticamente, mediante elecciones razonablemente libres y justas.

Así como a finales del siglo XIX había grandes esperanzas para el mundo en el siglo XX, a principios de la última década del siglo XX había grandes esperanzas para la era democrática en América Latina: bienestar social, paz, progreso, protección de los más débiles, fin de la represión estatal. Se esperaba que la democracia fuese el medio eficaz para impulsar el progreso con justicia social.

Diez años después, las esperanzas se están desvaneciendo. Colombia -la democracia más antigua de Suramérica- se encuentra al borde del cataclismo político en medio de una ola de violencia y de descomposición social y política de proporciones gigantescas.

Ecuador -país tradicionalmente pacífico- enfrenta una movilización popular cada vez más radical y desordenada dentro de un régimen político severamente fracturado.

Venezuela -luego de más de cuatro décadas de comportamiento democrático formal y estable - está en un proceso incierto de reinvención de poder popular bajo la dirección de un líder populista militar y carismático.

Perú -después de haber superado, al menos temporalmente, el fantasma de la subversión terrorista - lucha entre el autoritarismo eficaz de Fujimori y la posibilidad de retormar a una democracia incierta.

Bolivia después de elegir democráticamente a un exdictador, logra mantener su estabilidad, pero ello implica mantener muy altos índices de pobreza y marginalidad, con muy poco crecimiento y altos niveles de corrupción en las instituciones públicas.

Paraguay enfrenta un debilitamiento político considerable del partido que la ha gobernado los últimos cincuenta años y - paradójicamente - el debilitamiento de una oposición política, que no ha podido llenar el vacío de poder dejado por el agotamiento de la élite gobernante: Paraguay enfrenta un tremendo vacío de poder, una pérdida sustancial de su capacidad como sociedad para el autogobierno pacífico y eficaz.

Chile lucha contra el espectro de su pasado político reciente que se niega a desaparecer a pesar de sus logros en materia económica, y enfrenta el reto de reinstalar una democracia plena, libre de las trabas que le dejó la constitución aprobada por Pinochet años antes de su retiro.

Argentina enfrenta la movilización popular creciente, que reclama una distribución más equitativa de los beneficios del crecimiento económico, logrado bajo un modelo eficaz para crecer pero no para distribuir el fruto del crecimiento y para proteger a los más vulnerables.

Brasil enfrenta la creciente lucha por acceso a la tierra por parte de millones de campesinos e indígenas desposeídos.

En Centroamérica, las condiciones de vida de la mayoría de la población se han seguido deteriorando en esta década, y los niveles de violencia social han seguido en aumento.

En México, es probable que por primera vez en más de cien años, en las próximas elecciones se escoja un gobierno a partir de elecciones razonablemente justas, libres y competitivas: en ese país sin embargo, a pesar de las ventajas económicas derivadas de su exitosa participación en el NAFTA, los niveles de violencia social están aumentando considerablemente.

¿Por qué los resultados de la democratización en América Latina han sido tan desalentadores?

La ciencia y la tecnología no han logrado acabar con la pobreza de grandes masas en el mundo en el siglo XX aunque podrían haberlo hecho. La democracia no ha traído el bienestar a las grandes masas en América Latina, aunque podría haberlo logrado. ¿Qué está faltando? ¿Qué fenómeno está limitando las posibilidades de la ciencia y la tecnología en su lucha contra la pobreza en el mundo y haciendo imposible que la democracia promueva el bienestar de los sectores populares en América Latina?

Puede haber muy diversas respuestas a interrogantes de esta magnitud. Me atreveré en este caso a identificar una posible causa de estos fracasos, tan dolorosos para quienes tienen que sufrir sus consecuencias, y tan frustrantes para quienes no las sufren pero son conscientes de ellas.

No es el neoliberalismo, no es la globalización, es algo que me atrevería a llamar el neoateísmo. El ateísmo de nuevo cuño.

¿Qué es el neoateísmo?

No es negar la existencia de Dios, es ignorar a Dios. Es dejarlo al margen de la historia humana. Es vivir como si Dios no existiese. Es vivir como si no hubiese una regla moral superior a la cual todo ser humano deba sujetarse.

Es el ateísmo que se manifiesta como materialismo hedonista. Este tipo de ateísmo es mucho más perverso y eficaz que su antecesor del siglo XX: el materialismo dialéctico convertido en estado mediante el marxismo-leninismo en la extinta Unión Soviética.

Es más perverso y eficaz porque opera de manera más sutil.

Es cortesano, no carcelero. No se impone por la fuerza, ni por la dictadura del proletariado. Se impone por la dictadura del instinto. Es seductor, no violador. Es dulce y atractivo, no duro ni hostil. Es la dictadura de los siete pecados capitales.

No es impuesta desde afuera, sino que esclaviza desde adentro. No solamente corrompe el orden social, sino que destruye la conciencia humana. No destruye al estado ni a la economía, sino al hombre.

¡Es la dictadura del instinto, no la del proletariado!

¿Cuáles son sus efectos? Basta mirar alrededor en nuestro país y en otros países, especialmente los de mayor nivel material de vida. Podemos citar algunos pocos efectos importantes y visibles para todos:

  • Altísimas y crecientes tasas de divorcio y descomposición familiar.
  • Proliferación de familias con solo la madre o el padre.
  • Corrupción generalizada en toda la sociedad.
  • Narcotráfico y crimen organizado, desde el estado y desde la sociedad civil.
  • Crecientes tasas de aborto legal e ilegal.
  • Aumento de los secuestros en todo el mundo.
  • Crecientes barreras a la migración, que hacen que millones de migrantes potenciales por razones económicas tengan que permanecer atados a una tierra en que no tienen esperanza de un futuro mejor.
  • Culto creciente al consumo suntuario, al embellecimiento del cuerpo, al disfrute de los sentidos, al poder y al dinero.

¿Cuál es el reto del siglo XXI?

Es el reto del liderazgo moral, como único medio eficaz de lucha contra el neoateísmo, que nos seduce y nos corrompe a todos.

Hablamos de liderazgo moral, entonces, ¿Qué es liderazgo?

Hay muchas definiciones de liderazgo, entre las cuales quiero destacar tres:

En el sentido de educar para enfrentar una realidad difícil:

Liderazgo es movilizar a la gente para enfrentar los conflictos entre sus valores y creencias, y la realidad que están viviendo.

En el sentido de crear el futuro:

Liderazgo es el fenómeno a través del cual las comunidades humanas crean el futuro.

En el sentido de influir y dirigir:

Liderazgo es el uso de la influencia no coercitiva y/o simbólica para dirigir y coordinar las actividades de los miembros de una colectividad hacia el cumplimiento de los objetivos de ésta.

Habría tres ingredientes en el liderazgo:

  • educar acerca de la realidad en que vivimos, la tarea del diagnóstico
  • crear en la mente y el corazón la visión de un futuro mejor, la tarea de la visión, y
  • movilizar hacia el logro de ese futuro, la tarea de la gestión.

Para que ustedes ejerzan el liderazgo moral en el siglo XXI en Paraguay, significa que ustedes deben:

Primero, tener la capacidad para discernir las enormes inconsistencias entre las condiciones actuales en que viven la mayoría de sus conciudadanos, por una parte, y por otra parte, los valores y principios morales que formalmente aceptamos y que están escritos en la constitución política, el himno nacional, las leyes y los estatutos y constituciones de un gran número de instituciones y empresas del país.

Segundo, tener la valentía para presentar con firmeza sus conclusiones sobre estas inconsistencias ante sus colegas, en su entorno familiar y social, en sus empresas, en sus clubes, en sus partidos políticos, en fin en todos los ámbitos de su actividad.

Tercero, luchar por crear en la mente y el corazón de todos una nueva visión del Paraguay. Por la creación de un orden social justo y estable y por lo tanto próspero. Si el orden social no es justo debe ser reformado o abolido, pues la justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, así como la verdad es la primera virtud de los sistemas de pensamiento. Si el orden social es justo, entonces es deseable que sea estable, no en el sentido de que no cambie, sino que los cambios se produzcan a través de los procesos aceptados para producir el cambio. Si el orden social es justo y estable, entonces será próspero, no solo en el sentido del crecimiento sino también en la distribución equitativa de los beneficios de ese crecimiento, con especial generosidad hacia los más débiles y vulnerables.

Finalmente, comprometerse activamente en la creación de ese futuro. El reto del futuro no es adivinarlo, sino hacerlo realidad. En este terreno ustedes están ubicados en una posición muy ventajosa respecto a la mayoría de sus conciudadanos, pues cuentan con educación avanzada que nos permite tener un papel clave en el desarrollo de sus instituciones: empresas, entes gubernamentales, partidos políticos, entidades religiosas, asociaciones profesionales, universidades, medios de difusión del pensamiento, etc.

  • Discernir las inconsistencias entre valores y realidad,
  • Presentarlas con firmeza en nuestro ámbito de actividad,
  • Visualizar la creación de un orden social justo estable y próspero, y
  • Comprometerse activamente en la creación de esa visión.

Esa es la tarea del liderazgo moral para el siglo XXI.

Esa es la tarea de quienes quieren ser líderes del futuro.

Esa puede ser la tarea de ustedes.

Basta con que se comprometan a hacerla y empiecen desde ahora mismo, pues el futuro está empezando en este momento.

Muchas gracias.

(*) Profesor de l Programa MAE/UC.

Azara 1218, Asunción - Paraguay
Telefax: 595 21 207 140 (R.A)