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¿Para
qué sirve la universidad?
Juan Diaz Bordenave
Revista Lila
Nº 28 - Julio - Agosto 2000.
Tomado del Diario Noticias del 19
de noviembre de 2000.
A veces pienso que sería revelador
para los dirigentes universitarios salir por ahí
y preguntarle a algunos choferes de taxi, dueñas
de casa, obreros, agricultores, gerentes de banco, lavanderas
y prostitutas, para qué sirven las universidades
que empiezan a proliferar como hongos en nuestro país.
Sus respuestas tal vez les indicarían
si nuestras universidades están cumpliendo o
no las funciones que se esperan de ellas. No que la
mayoría de la población sepa qué
esperar de las universidades. Pero cada día más
gente, inclusive de los estratos sociales menos favorecidos,
están apelando a la universidad como el camino
para la ascensión económica y social o,
por lo menos, para conseguir un empleo.
¿Qué es lo que se acostumbra
esperar de la universidad? Las opiniones están
lejos de la unanimidad. Unos sostienen que lo más
importante es que ella genere conocimiento científico
y técnico, filosófico y artístico.
O sea, se espera que ella haga investigación,
tanto básica como aplicada.
Otros, más exigentes, pretenden
que la universidad sea la conciencia crítica
de la sociedad. Es decir, que vigile la fidelidad de
la nación a la ética y al derecho, tanto
en la conducción de las instituciones políticas
como en el modelo de desarrollo económico y social
adoptado.
Ya otros más pragmáticos
se contentan con que la universidad forme los profesionales
que el país necesita. En otras palabras, confinan
la misión de la universidad a la enseñanza.
Aunque no lo confiesen explícitamente, esta es
la posición de las universidades particulares
no confesionales, para las cuales dar diplomas y títulos
es la esencia de la industria educativa que les brinda
pingües ganancias.
Existe todavía un cuarto grupo,
el de aquellos que consideran fundamental que la universidad
preste servicios directos a la comunidad, mediante los
programas llamados de "extensión universitaria".
Son numerosas, en efecto, las universidades latinoamericanas
que mantienen consultorios dentales, médicos,
sicológicos, otras dan cursos de apicultura,
educación ambiental, saneamiento y muchos otros.
Hay también las que se responsabilizan de áreas
demostrativas de desarrollo. En fin, estas universidades
se abren a una interacción con las comunidades
circundantes para ayudarles a mejorar su calidad de
vida.
No es necesario ser demasiado inteligente
para percibir que estas funciones, a saber:
- creación de conocimiento
- conciencia crítica de la sociedad
- formación de profesionales
- servicios a la comunidad
Son todas legítimas y necesarias.
Pero deben funcionar de modo integrado y orgánico
y no paralelo o estanque. Y lo que, para mí,
puede integrar armónicamente las funciones de
la Universidad es que ella acepte ser el motor intelectual
del desarrollo del país.
¿Qué implica que una
universidad sea el motor intelectual del desarrollo?
Que, en primer lugar, la universidad
conozca a fondo la realidad del país, su historia,
su cultura, sus recursos, su potencial, sus limitaciones,
sus aspiraciones, sus necesidades, sus problemas. Traducido
en operaciones, esto apunta a la investigación,
al contacto con la población y con las fuerzas
productivas, a la organización de bancos de datos.
Pero además de conocer la
realidad, la universidad tiene que saber para qué
y cómo transformarla, para lo cual necesita poseer,
como dice Xabier Gorostiaga, "una utopía
movilizadora que permita transformar los círculos
viciosos en círculos virtuosos". La universidad
debe tener en mente un modelo de desarrollo humanista
y ecológico que le sirva de brújula y
misión, así como de ancla valórica
para actuar como conciencia crítica de la nación.
Conocida la realidad y hacia dónde
ella debe caminar, la universidad está en condiciones
de crear el conocimiento científico y tecnológico
necesario para resolver los problemas identificados.
En un país pobre como el Paraguay, tal vez sea
un lujo prematuro pretender hacer investigación
científica básica en todos los campos.
Pero el ejemplo cubano muestra que un país pobre
puede concentrar sus esfuerzos en crear conocimientos
en las áreas prioritarias de su modelo de desarrollo
humanista y ecológico.
En la medida en que crea conocimientos
válidos para mejorar la propia realidad, la universidad
se pone en condiciones de enfrentar la formación
de la gente capaz de trabajar en pos del desarrollo
humanista y ecológico. Esta formación
se efectúa tanto en las clases y laboratorios
formales como en el trabajo en el seno de la comunidad.
De ahí que la extensión universitaria
sea parte indispensable de la formación curricular
y no una especie de filantropía asistencialista
que una institución privilegiada "extiende"
a una comunidad necesitada. En el fondo, cuando la extensión
universitaria está bien hecha, la comunidad es
más útil a la universidad que esta a aquella.
Como puede verse, las funciones de investigación,
enseñanza y extensión deben funcionar
orgánicamente integradas, con el mismo objetivo
central que es colocar la universidad al servicio del
desarrollo.
Con esto quiero decir que en el Paraguay
no debería existir universidad alguna, pública
o privada, que no realice investigación, enseñanza
y extensión, y que así realice las 4 dimensiones
antes mencionadas: crear conocimiento, ser la conciencia
crítica de la sociedad, formar profesionales
y prestar servicios a la comunidad.
Creo que el Paraguay debería,
urgentemente, formular una legislación capaz
de asegurar que todas las universidades trabajen realmente
para el desarrollo humanista y ecológico del
país. Sin ella, corremos el peligro de que se
vuelvan tradición las fábricas de diplomas
con cursos en fines de semana y otras degeneraciones
posibles de la universidad.
La necesidad de una legislación
que normatice la calidad de la educación superior
se ve aumentada hoy con la difusión de la llamada
"educación a distancia". Esta modalidad
educativa, que aprovecha la tecnología de la
información y la comunicación para promover
el aprendizaje autodidáctico de miles de estudiantes
dispersos por todo el territorio nacional, puede producir
o bien una auténtica revolución educativa
o bien una universalización de la mediocridad.
Todo depende de la seriedad y la responsabilidad con
que la educación a distancia se maneja. Y esto
depende de la filosofía y la legislación
que orientan a la universidad en general.
En un país como el Paraguay,
las universidades deberían participar activa
y competentemente en el planeamiento y ejecución
del desarrollo nacional. Ellas pueden aportar diagnósticos,
bancos de datos, estudio de planes y programas de otros
países, sistemas de intercambio universitario,
brindar consultoría a los grandes organismos
de desarrollo, etc. Podrían hacerse cargo de
la evaluación continuada de los efectos de los
programas de desarrollo, como es el caso de una facultad
inglesa de agronomía contratada por el Ministerio
de Agricultura inglés para evaluar los efectos
de las medidas de política agrícola.
Estamos a tiempo para echar una ojeada
crítica pero constructiva a la situación
y perspectivas de nuestras universidades. Ellas mismas
deberían estar interesadas en este autodiagnóstico.
No creo que a sus dirigentes les guste escuchar las
respuestas que la población probablemente dará
a la pregunta: "¿Para qué sirven
las universidades?" Tengo mucho miedo que la respuesta
predominante sea: "Las universidades sirven para
sacar un diploma y ganar dinero. Nada más"
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