INICIO >> REVISTA LILA >> Nº 32 >> ART. 5

CULTURAL:
EL ESTÍMULO DE UN PENSADOR FAMOSO

Cuando una persona alcanza una merecida fama por su capacidad intelectual, adquiere, lo desee o no, una gran responsabilidad social.

La causa es muy sencilla pero profunda. Adoptado por los que lo conocen, como referente intelectual, sus palabras serán tomadas siempre como profundas y probadas elaboraciones. El día que tosa ante una audiencia, esa tos, en cuanto a sonido y oportunidad será analizada profundamente buscando la genialidad.

Eso es general bueno, pues la persona referente puede decir cualquier banalidad y lo que actúa ahora no es solamente la banalidad, sino el estímulo que provoca por provenir de un pensador famoso. El interlocutor buscará la genialidad y en un proceso de estímulo creativo, llenará con su propia genialidad las carencias del referente.

Ahora voy a un ejemplo que he vivido. Al final de una conferencia dictada en Bruselas en noviembre de 1970, el filósofo Jean Paul Sartre ante la pregunta: ¿Qué es la inteligencia?, respondió con las siguientes palabras: "La inteligencia es la voluntad de seguir adelante". Respuesta a todas luces extraña y de insegura generalidad. Pero: ¿Qué pasó?. Como el que las pronunció fue el genial Jean Paul Sartre, la frase debía ser necesariamente genial. El Centro de Estudiantes de Lovaina consagró todo un número de su revista a la conferencia y un artículo completo a la frase "La inteligencia es la voluntad de seguir adelante". En ese artículo profesores y estudiantes habían hecho su aporte dando lugar a un trabajo de primera línea. Primero dieron un resumen histórico sobre la medición de la inteligencia, después mostraron que esas mediciones eran insuficientes y en muchos casos engañosas (anticipándose a los actuales estudios sobre la inteligencia emocional) y, como colofón, mostraron que el aporte de Jean Paul, era una pieza importantísima en la medición de la inteligencia, ya que era una condición siempre necesaria para manifestarla. En última instancia Sartre solo había actuado como catalizador para encender las ideas geniales de quienes lo seguían, ideas que sin el estímulo del maestro hubieran quedado dormidas y guardadas sin usar, (la acción de ese catalizador era la que también emprendía Sócrates, aunque con otro método puramente racional, la mayéutica).

Seguro que al final de la conferencia Sartre estaría cansado y con ganas de irse a tomar un vinito, pero su educación hizo que contestase a la pregunta. Agotado recurrió a lo primero que se le vino en mente, que fue "La inteligencia es la voluntad de seguir adelante". Sonrió, tomó su portafolios y se fue a buscar a Simonne de Beauvoir para tomarse el vinito.
Por eso, siempre que se dicta un curso, el presentador debe citar el currículo del expositor, pero no el currículo resumido, sino un currículo, que sin mentir, sea una oda a su, aunque sea pobre, genialidad.

Los resultados que he comprobado han sido siempre espectaculares. Para hacerlos entrar (siempre hay desconfiados), la primera clase debe ser brillante, el expositor debe usar todo su arsenal intelectual y emotivo. Los asistentes se dirán: “Este sujeto es meduloso en su pensar”, aparte: “Es amable, respetuoso y singularmente afectuoso y humilde”. Allí comienza a operar eficientemente la información, y al final de la clase todos están convencidos de que el expositor es un genio. La segunda clase puede decir una que otra estupidez (aunque nunca algo errado), pero el estímulo ya opera y los alumnos convierten la estupidez en una genialidad mediante sus propios aportes. Al final del curso, los alumnos vibran, dicen: ¡Qué maravilla de profesor!. ¡Es el mejor profesor que tuve en mi vida! –arriesga alguno. Y el resultado es estimulante, pues los asistentes se convirtieron en genios y encontraron resultados que jamás hubieran podido lograr en un curso convencional.

El trabajo del profesor se hace fácil, e incluso puede ser descuidado para dejar más espacio a la genialidad de los alumnos.

Todos ganamos, todos seremos felices.

GFP.
Enero, 2001.

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